…NO ME LO PUEDO CREER…

Os podeis imaginar como nos sentimos Elisenda y yo una vez en la calle. Fustrados, molestos y con una cara de “… no me lo puedo creer…” Estaba claro que nos habían utilizado. Nadie que tenga un mínimo de interés en tu proyecto te convoca a una reunión y no te hace ni una pregunta sobre tu propuesta.

Se me pasó por la cabeza de volver a entrar y pedirle que me devolviera la propuesta. Así de herido me sentía. Claro que no lo hice: La esperanza es lo último que se pierde, y pensaba que igual me equivocaba y podiamos ganar el proyecto. Pero no me equivoqué. Nunca más volví a pisar aquellos despachos. De hecho la experiencia fue tan traumática que mi mente ha borrado el nombre de la empresa y de su gerente. No lo podría maldecir ni que quisiera.

En el viaje de vuelta al despacho, por carreteras interiores, con tráfico intenso y ahora ya lloviendo de manera suave pero continua, Elisenda y yo no cruzamos palabra, cada uno sumido en sus pensamientos. Yo tenía claro que el gerente de aquella empresa no tenía ninguna intención de contratarnos. Sólo nos utilizaba para apretar el precio y las condiciones al proveedor que ya tenía decidido. Esto no es nada nuevo; pasa todos los días. Lo que lo hace doloroso es las expectativas que había puesto en aquel proyecto. Haber pensado que lo tenía en la mano: el contrato y con él la salvación de mi empresa.